Desde fuera, todo parecía en orden.

Una plaza como profesor de conservatorio. Plaza en una banda sinfónica importante. Una carrera estable, respetada.

Qué suerte tiene Esteban”, seguro que decían.

Nadie, ni colegas ni alumnos, habría imaginado que por dentro, algo no encajaba.

Cada vez que se acercaba una actuación, algo se activaba.

La noche anterior costaba dormir, la mente no paraba, y cualquier error, por pequeño que fuera, se vivía como un drama.

No era solo nervios.

Era la mente lanzando imágenes de catástrofes: errores, fallos, miradas. 

Era un estado de alerta constante, como si algo dentro susurrara:

“Ten cuidado. Puedes fallar. Y lo van a notar.”

Los estudios lo confirman: el agobio puede activarse días antes, afectar el sueño, el ánimo y la concentración (Kenny, 2011; Steptoe, 1989).

Y luego llegaba el momento de salir.

Y ahí el cuerpo hablaba: manos frías, tensión. Respiración que se acorta. El corazón que se desboca.

“Que pase rápido. Que acabe ya.”

Si había gente conocida entre el público, peor. 
Le preocupaba que pudieran ver lo que él intentaba esconder.

El público quizá no notaba nada. Los colegas igual tampoco.

Pero él sí.

Él sabía que su expresividad se iba. Que lo que salía era correcto, sí.

Pero la conexión con la música era una utopia.

Los estudios lo confirman: el agobio puede activarse días antes, afectar el sueño, el ánimo y la concentración (Kenny, 2011; Steptoe, 1989).


Y su mayor dolor:

No disfrutar.

Sentía que algo que amaba se había convertido en algo que soportar.

En vez de vivir su profesion, la aguantaba.

Durante años pensó que esto era así. Que él era así. Que el miedo escénico venía en el paquete.

Que la única solución era apretar los dientes y seguir, y que todo ese rollo de “trabajar la mentalidad” eran pamplinas.

Tonterías modernas.

Hasta que un día se dio cuenta.

No era la técnica.
No era estudiar más.
No era cambiar de boquilla.
Ni de repertorio.
Ni de rutina.

Era otra cosa.

Una batalla interna que nadie veía porque se ponía la máscara de seguridad.

Era una piedra invisible en la mochila.

Que él cargaba incluso cuando todo el mundo aplaudía.


2025 © La Mente del Músico

​Jesús María Leizaola 12, 48640 Vizcaya

La información, contenido y servicios incluidos en esta web ni son ni han de ser considerados como diagnóstico o tratamiento clínico ni medico de enfermedades mentales ni de ningún otro tipo, sino herramientas de desarrollo personal y entrenamiento de mentalidad. Si usted sospecha que padece una enfermedad mental o ha sido diagnosticado de ello, le sugerimos a que acuda a un profesional clínico de salud mental, siendo en todo caso la responsabilidad de usted el hacerlo.

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